MUSEO DE LA COMUNIDAD DE FRANCISCANAS CLARISAS DE BORJA. (ZARAGOZA) ESPAÑA

domingo, 29 de junio de 2014

NUEVO HORARIO DE VERANO

Durante los meses de verano el Museo de Santa Clara permanecerá abierto todos los fines de semana en horario de 11.00 a 13.00 h. y de 18.00 a 20.00 h.

domingo, 18 de mayo de 2014

SANTA TERESA DE JESÚS
José Ramírez de Arellano y taller
Talla en madera policromada y encarnada
Segunda mitad del siglo XVIII
Santa Teresa de Jesús. (Foto: E. Lacleta)

       En el día internacional de los Museos, volvemos con una nueva entrada de este blog dedicada a Santa Teresa de Ávila, una de las santas más importantes de la Iglesia católica y una de las tres únicas doctoras reconocidas por Ésta junto a Santa Catalina de Siena y Santa Teresita del Niño Jesús. Nació en Ávila, el 28 de marzo de 1515, entrando en el Carmelo a los 18 años de edad. Ya a los 45 años, junto con San Juan de la Cruz, introdujo en la orden la reforma carmelitana, y su vida estuvo plagada de profundas experiencias místicas y espirituales. Murió en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1572. 

Santa Teresa de Jesús. (Foto: E. Lacleta)

        La devoción que profesaron a la santa abulense las hermanas Sallent, cuatro clarisas de origen borjano, así como la de su propio hermano Francisco Antonio, obispo auxiliar electo del arzobispado de Valencia, queda constatada por su empeño en conseguir tres reliquias que, finalmente, pudieron llegar al convento de Borja y, de hecho, fue el prelado el promotor de una de las celebraciones religiosas más solemnes que tuvieron lugar aquí. Se trata de la fiesta que instituyó en honor de Santa Teresa de Jesús. La rápida propagación de su culto, posibilitó el surgimiento de una iconografía exclusiva y particular de la santa en fechas tempranas. Su propia personalidad y experiencias místicas también encajaron perfectamente en la pasión propia de la España del barroco, motivo por el que Santa Teresa fue muy representada en los siglos XVII y XVIII, incluso en centros religiosos como el de Borja, perteneciente a otra Orden distinta de la Iglesia. 

Santa Teresa de Jesús. Detalle del rostro. (Foto: E. Lacleta)

        La existencia de esta escultura, que hoy puede admirarse en la sala cuarta del Museo, debe ponerse en relación con la fiesta fundada en el convento por Francisco Antonio Sallent. Se trata de una imagen de bulto, aparentemente de madera de pino, y de muy buena calidad artística cuya policromía se ha realizado a base de pintura al óleo y dorado al agua. La santa, de cara redondeada, finas cejas, boca pequeña, mentón marcado y ojos saltones recuerda al estilo de los Ramírez. Por otra parte, se representa de pie, en posición de contraposto con la pierna izquierda flexionada. 

Santa Teresa de Jesús. Detalle de la policromía de la capa. (Foto: E. Lacleta)

        Viste el tradicional hábito marrón carmelita y capa blanca decorados con motivos vegetales de gusto rococó. Además, Santa Teresa se muestra en pleno arrobamiento místico, con la boca entreabierta y semblante elevado al cielo, como denotaría también un pequeño agujero existente en el manto, donde se ubicaría una flecha en referencia a su experiencia mística más conocida: la Transverberación. Destaca, asimismo, su gran dinamismo e ímpetu gracias a la correcta ejecución de los plegados, el movimiento efectuado por el escapulario y su mirada mística puesta hacia lo divino. 

Santa Teresa de Jesús. Detalle. (Foto: E. Lacleta)

       En líneas generales, la talla borjana se ajusta al modelo castellano de Gregorio Fernández y, en palabras de Vázquez García, en esta imagen también se supo representar el triunfo de una mujer que mezcló lo místico con lo terreno. Esto último por medio del libro y de la pluma postiza que sostiene con sus manos izquierda y derecha respectivamente. 


Santa Teresa de Jesús. Detalle de la mano derecha de la santa. (Foto: E. Lacleta)

        
        La mano derecha, sin embargo, debió de sufrir algún percance, y tuvo que ser reemplazada por otra pieza bastante más tosca. La talla de Santa Teresa de Jesús es una de las pocas obras que se exhiben habitualmente en el Museo que todavía falta por restaurar.




sábado, 5 de abril de 2014

CRISTO DE LA ENFERMERÍA
Anónimo. Primer tercio del siglo XVII
Madera policramada. 101,5 cm. 


Cristo de la enfermería. (Foto: E. Lacleta)

        La vida de una de las religiosas más importantes que tomaron el hábito en este convento de Santa Clara de Borja, sor María Salinas Tudela -referida en este blog en entradas anteriores- nos ofrece un modelo hagiográfico establecido dentro de la más estricta estética del barroco, plagada de numerosas visiones, coloquios místicos con Jesucristo, éxtasis o intensos arrobos. Tras una de estas experiencias espirituales en las que llegó a conversar con San Francisco de Asís, la religiosa quedó tan sumida en ansias de pobreza que no dudó en desprenderse de todos los bienes materiales que tenía, entre ellos este precioso crucificado que regaló a la enfermería del convento para consuelo de sus hermanas enfermas.

 Cristo de la enfermería: detalle. (Foto: E. Lacleta)

        Con respecto al oratorio de la enfermería, es necesario indicar que, en la segunda mitad del siglo XVIII, el obispo de Tarazona, D. Esteban Vilanova, en cumplimiento de los dispuesto por la bula del papa Benedicto XIV del 25 de enero de 1756, designó altar privilegiado perpetuo su retablo para que las religiosas que por ancianidad, enfermedad u otras circunstancias no pudieran "visitar" el mayor de la iglesia conventual, ganaran las indulgencias en éste, aunque sólo si oficiaban sacerdotes franciscanos. 

Detalle de la base de la cruz con la calavera de Adán. (Foto: E. Lacleta)

        El Santo Cristo de la enfermería es una obra de buena factura de principios del siglo XVII y, hasta los años setenta del pasado siglo se conservó en un nicho barroco sufragado por la religiosa sor Luisa Villanova entre 1763-1766, junto con una pequeña escultura de factura popular representando a la venerable madre Salinas. En la actualidad, la hornacina se conserva junto a la entrada de la sala capitular, conteniendo una imagen de la Virgen de la Peana, co-patrona de Borja, de la segunda mitad del siglo XIX. El Cristo, por su parte, puede admirarse en la sala IV del Museo junto a otros recuerdos de sor María Salinas. 

Vista del Cristo de la enfermería desde la entrada a la sala IV del Museo. (Foto: E. Lacleta)

        La imagen también ha sido fuente de inspiración literaria en el interior del claustro. Hace unos años pudimos recoger una hoja de calendario correspondiente al mes de abril de 1936. Detrás de ella se había escrito una composición poética anterior dedicada a este Santo Cristo, aunque de no demasiada fortuna y pobre de versificación. 

Existe en la enfermería de Santa Clara
una imagen de Cristo que arroba el alma:
este es el Crucifijo que habló un día
a nuestra venerable madre María, madre María.

De esta imagen vendita tan lastimera
hay sublimes misterios para quererla.
La venerable, umilde, ante ella orando
tenía estos coloquios tan regalados. 

Jesús del alma mía, ¿qué quieres que haga?
Dulce vien mío, en esa cruz al verte tan dolorido,
te pido que me digas qué quieres que haga
para satisfacerte por nuestras faltas.

¡O, mi sierva María: ámame mucho
por los que me desprecian en este mundo.
Tus sacrificios, hija, con tus ofrendas
podrán calmar en algo mis crueles penas. 

Cuando la venerable salió de casa
a reformar en Jelsa la regla santa,
dejó en este convento tan rica joya
que adoraran siempre las relijiosas. 

Éstas, en Él confían, y a Él sólo acuden,
lo mismo cuando gozan que cuandro sufren,
pues sólo con mirarle sienten sus almas
consuelos inegables en sus desgracias. 

Las cruces que en el mundo Dios les envía
cargan sobre sus hombros con alegría,
pues viendo a Jesucristo colgado en ella
su corazón recibe gran fortaleza. 

Y si en la enfermería, por sus dolores,
sienten crueles tormentos en sus corazones,
tiene la relijiosa gran regocijo
por estar siempre al ladro del Crucifijo. 

En Él, sus santos botos tienen clavados
porque es norma segura para guardarlos,
y porque les [...] por su observancia,
en la mansión eterna dicha sin tasa. 


domingo, 23 de febrero de 2014

CARTA DE LA V.M. SOR MARÍA SALINAS
Primera mitad del siglo XVII
Papel. 31 x 21,5 cm. 


Carta de la madre Salinas. (Foto: E.Lacleta)

        Hace ya algunas semanas que dedicamos una entrada a la figura de la venerable madre sor María Salinas, muerta en olor de santidad, el 1 de julio de 1657, en el convento de clarisas de Gelsa (Zaragoza). Había nacido en Tamarite de la Litera en 1622, pero tomó el hábito en el convento de Santa Clara de Borja en 1622, de donde era natural su madre. Un año después, como era norma general en la época, y tras el periodo del noviciado, profesó en la Orden de Santa Clara. En Borja vivió hasta el 28 de agosto de 1636, cuando salió hacia la villa de Gelsa como una de las fundadoras del convento que, en aquella localidad, había sido promocionado a instancias de los marqueses de Osera. 

Autobiografía de la madre Salinas, publicada en Zaragoza, en 1660, por fray Juan Ginto
(Foto: E. Lacleta)

        Para el conocimiento de la religiosa resulta de imprescindible consulta su propia autobiografía, que fue publicada en Zaragoza en 1660, algunos años después de su muerte, y que forma parte también de los fondos permanentes del Museo. 

Carta de la V.M. Sor María Salinas al doctor Sallent. Detalle del encabezamiento y primeros versos.
(Foto E. Lacleta).

        Entre los recuerdos personales de la venerable que su convento de Borja ha conservado se encuentra una carta que, aunque sin data cronológica, puede ser fechada en el primer tercio del siglo XVII. Su destinatario era Francisco Sallent, médico de Borja. De su matrimonio con Catalina Trasobares tuvo varios hijos: el primogénito, llamado Juan Francisco, llegó a ser obispo auxiliar emérito de Valencia, y cuatro de las niñas, además, profesaron también en el convento. Se tratan de las célebres hermanas Sallent, de las cuales, sor Mariana, fue una de las poetisas más destacadas de la literatura española de los siglos XVII y XVIII. 

Carta de la V.M. Sor María Salinas al doctor Sallent. Detalle. 
(Foto E. Lacleta).

        La carta que remitió la madre Salinas probablemente llegó al convento en el momento en el que las hijas del doctor Sallent tomaron el hábito en él, conservándola como un recuerdo familiar procedente de una religiosa que, según hemos ya visto, murió en opinión de santa. Toda la redacción es una composición poética, pero de pobre versificación y escasa calidad. En ella, la religiosa da una serie de consejos al destinatario para que sepa apartarse de las tentaciones mundanas del demonio. 


miércoles, 12 de febrero de 2014

VISITAS AL MUSEO DEL COLEGIO DE SANTA ANA DE BORJA

                                                   
        En la tarde de ayer, 11 de febrero, un grupo de 55 niños y niñas procedentes del Colegio de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana de Borja visitó el Museo de Santa Clara acompañados por sus respectivas profesoras D.ª Nieves Ferrández, D.ª María Olóriz y D.ª Maribel Sanjuán.

        Los "pequeños" visitantes, algunos de los cuáles no era la primera vez que habían estado, disfrutaron durante casi un hora de los diferentes elementos que conforman los fondos permanentes, llamándoles especialmente la atención los  instrumentos musicales expuestos en la sala VI y, concretamente, una de las piezas más importantes del Museo: el salterio, del que los niños se interesaron por su forma trapeizodal, su número de cuerdas y la forma en la que se toca.


         Evidentemente, la forma de vida de las hermanas clarisas no les permite encontrarse físicamente en las estancias del Museo, pero para la ocasión quisieron hacerse presentes preparando para cada niño una bolsa de sus conocidas y sabrosas palomitas que les fueron repartidas al final de la visita.


        Nos alegra enormemente que el Museo de Santa Clara se haya convertido en un territorio de diversión y aprendizaje fascinante para los niños, haciendo nuestras las palabras del conocido educador Haim Ginott: "Los niños son como cemento fresco, cualquier cosa que caiga sobre ellos deja una huella". Esperamos que así sea. 

domingo, 9 de febrero de 2014

VIDA DE LA V.M. SOR MARÍA SALINAS
Ginto, fray Juan
Zaragoza 1660
[24], 383, [8] p. 4.º

Vida de la madre sor María Salinas. 1660
Foto: E. Lacleta

        Según los datos que se conservan en el archivo conventual, sor María Salinas Tudela nació en la villa oscense de Tamarite de la Litera el 14 de septiembre de 1602. Su padre, Francisco, era natural de aquí, pero su madre, María, había nacido en Borja. Al quedar huérfana a edad muy temprana fue educada con el hermano de su madre, Juan de Tudela, racionero de la S.I.M. de Zaragoza. Transcurridos algunos años, el 25 de septiembre de 1622, tomó el hábito en este convento de Santa Clara como religiosa de coro, profesando en el mismo el 29 de septiembre del año siguiente. Aquí vivió hasta el 28 de agosto de 1636, momento en el que salió como fundadora del convento de la Purísima Concepción y Santa Espina de Gelsa, donde murió en olor de santidad el 1 de junio de 1657, habiendo sido en este convento abadesa durante quince años.

Vista del desaparecido convento de Gelsa
        La figura de la venerable era parcialmente conocida por las referencias que de ella hacen Latassa o Triviño, aunque su recuerdo siempre ha permanecido vivo en su comunidad de origen, especialmente por su autobiografía que fue mandada imprimir por fray Juan Ginto en 1660. Sor María experimentó durante toda su vida largos periodos de éxtasis místicos y múltiples visiones celestiales propias de la religiosidad barroca, y que se vio obligada a escribir por mandato de sus confesores, con objeto de discernir si detrás de ellas se encontraba la mano de Dios o del diablo. A su muerte, el último de sus confesores recopiló todos estos escritos y, junto a los testimonios orales que le proporcionaran las religiosas de Gelsa, publicó este libro que, en el día de hoy, puede contemplarse en la sala IV del Museo.

        El impreso resulta interesante por varios motivos. El primero de ellos porque el catálogo colectivo del patrimonio bibliográfico español sólo reseña la existencia de nueve ejemplares en bibliotecas españolas: cinco en Aragón; dos en Madrid -en la Biblioteca Nacional- uno en Baleares y otro en el País Vasco. En segundo lugar porque su contenido resulta fundamental no sólo para el estudio de una figura que fue influyente en su tiempo y que murió en olor de santidad, sino también para el del propio microcosmos de la clausura borjana, sus costumbres, su forma de vida o sus tensiones internas durante el tiempo en el que vivió la religiosa.

sábado, 18 de enero de 2014

ANTE LA FIESTA DEL MÁRTIR SAN SEBASTIÁN

Detalle de la imagen procesional de San Sebastián. Siglo XVII

        Mañana darán comienzo los tradicionales festejos que la antiquísima cofradía de San Sebastián organiza anualmente en honor de su patrón y que tienen como centro neurálgico este convento de Santa Clara. Fue en 1687 cuando las clarisas solicitaron la cesión de la ermita de San Sebastián "el Nuevo", sede de la cofradía homónima, para convertirla en su iglesia conventual. Durante el primer trimestre de ese año recabaron las oportunas licencias al capítulo de la colegiata de Santa María, al Consejo y Concejo de la ciudad de Borja y al capítulo de la cofradía de San Sebastián, que fijaron una serie de pactos y condiciones que las religiosas tendrían que cumplir para que ellos procedieran, a su vez, al acto de donación de la ermita.
        De entre los numerosos pactos que se acordaron, el primero de ellos imponía que, perpetuamente, la iglesia estaría dedicada a San Sebastián, al igual que su retablo mayor, y que la cofradía siguiera manteniendo su sede en la misma, condiciones que en todo momento han cumplido las clarisas, y que son la base fundamental que explica el que, en la actualidad, la cofradía siga manteniendo tan importantes vínculos con las religiosas y su iglesia.
Firmas de los padres definidores y sello de la provincia franciscana de Aragón aprobando la cesión a las clarisas de la ermita de San Sebastián. Archivo Histórico del Convento.
        El proceso, como era frecuente en la época, se complicó por las diferencias que se suscitaron entre las partes pero, finalmente, el 23 de mayo de 1690, el definitorio de los franciscanos dio el visto bueno a la cesión. Para entonces ya se habían iniciado las obras de renovación y ampliación de la antigua ermita que corrieron por cuenta del maestro José Barbod que, por diferentes motivos, no las pudo concluir hasta 1692.
Firma de José Barbod en un recibo para el convento.

        En el archivo del convento se custodian numerosos documentos relativos a todo este largo proceso, algunos de los cuales se exhiben en el Museo. Por su parte, en el archivo de música también se conservan numerosas obras que diferentes compositores dedicaron a San Sebastián, destacando entre ellas el Himno encargado por la cofradía al entones organista de la catedral primada de Toledo, el borjano Ángel Chueca, en 1880.